jueves, 22 de noviembre de 2012

Lectura comprensiva. Texto Valle-Inclán 1




Yo recordaba vagamente el Palacio de Brandeso, donde había estado de niño con mi madre, y su antiguo jardín, y su laberinto que me asustaba y me atraía. Al cabo de los años, volvía llamado por aquella niña con quien había jugado tantas veces en el viejo jardín sin flores. El sol poniente dejaba un reflejo dorado entre el verde sombrío, casi negro, de los árboles venerables. Los cedros y los cipreses, que contaban la edad del Palacio. El jardín tenía una puerta de arco, y labrados en piedra, sobre la cornisa, cuatro escudos con las armas de cuatro linajes diferentes. ¡Los linajes del fundador, noble por todos sus abuelos! A la vista del Palacio, nuestras mulas fatigadas trotaron alegremente hasta detenerse en la puerta llamando con el casco. Un aldeano vestido de estameña que esperaba en el umbral, vino presuroso a tenerme el estribo. Salté a tierra, entregándole las riendas de mi mula. Con el alma cubierta de recuerdos, penetré bajo la oscura  avenida de castaños cubierta de hojas secas. En el fondo distinguí el Palacio con todas las ventanas cerradas y los cristales iluminados por el sol. De pronto vi una sombra blanca pasar por detrás de las vidrieras, la vi detenerse y llevarse las dos manos a la frente. Después la ventana del centro se abría con lentitud y la sombra blanca me saludaba agitando sus brazos fantasmas. Fue un momento no más. Las ramas de los castaños se cruzaban y dejé de verla. Cuando salí de la avenida alcé los ojos nuevamente hacia el Palacio. Estaban cerradas todas las ventanas: ¡Aquella del centro también! Con el corazón palpitante penetré en el gran zaguán oscuro y silencioso. Mis pasos resonaron sobre las anchas losas. Sentados en escaños de roble, lustrosos por la usanza, esperaban los pagadoresde un foral. En el fondo se distinguían los viejos arcones del trigo con la tapa alzada. Al verme entrar los colonos se levantaron, murmurando con respeto:
-¡Santas y buenas tardes!
Y volvieron asentarse lentamente, quedando en la sombra del muro que casi los envolvía. Subí presuroso la señorial escalera de anchos peldaños y balaustral de granito toscamente labrado. Antes de llegar a lo alto, la puerta abrióse en silencio, y asomó una criada vieja, que había sido niñera de Concha.
   Ramón María del Valle-Inclán: Sonata de otoño.

1. Resumen del texto

Lectura comprensiva. Texto Laforet 2



Uno de esos viejos coches de caballos que han vuelto a surgir después de la guerra se detuvo delante de mí y lo tomé sin titubear, causando la envidia de un señor que se lanzaba detrás de él desesperado, agitando el sombrero.
 
Corrí aquella noche, en el desvencijado vehículo, por anchas calles vacías y atravesé el corazón de la ciudad lleno de luz a toda hora, como yo quería que estuviese, en  un viaje que me pareció corto y que para mí se cargaba de belleza.
El coche dio la vuelta a la plaza de la Universidad y recuerdo que el bello edificio me conmovió como un grave saludo de bienvenida.
Enfilamos la calle de Aribau, donde vivían mis parientes, con sus plátanos llenos aquel octubre de espeso verdor y su silencio vívido de la respiración de mil almas detrás de los balcones apagados. Las ruedas del coche levantaban una estela de ruido, que repercutía en mi cerebro. De improviso sentí crujir y balancearse todo el armatoste. Luego quedó inmóvil.
-Aquí es -dijo el cochero.
Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estábamos. Filas de balcones se sucedían iguales con su hierro oscuro, guardando el secreto de las viviendas. Los miré y no pude adivinar cuáles serían aquellos a los que en adelante yo me asomaría. Con la mano un poco temblorosa di unas monedas al vigilante, y cuando él cerró el portal detrás de mí, con gran temblor de hierros y cristales, comencé a subir muy despacio la escalera, cargada con mi maleta.
Todo empezaba a ser extraño a mi imaginación; los estrechos y desgastados escalones de mosaico, iluminados por la luz eléctrica, no tenían cabida en mi recuerdo.
                        Carmen Laforet: Nada, cap. I.

1. Resumen del texto

Lectura comprensiva. Texto Laforet 1



Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie.
 
Era la primera noche que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, no parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran estación de Francia y los grupos que estaban aguardando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.
El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis ensueños por desconocida.
Empecé a seguir -una gota entre la corriente- el rumbo de la masa humana que, cargada de maletas, se volcaba en la salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado -porque estaba casi lleno de libros- y lo llevaba yo misma con toda la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación.
Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas; de establecimientos cerrados; de faroles como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el mar.
Debía parecer una figura extraña con mi aspecto risueño y mi viejo abrigo que, a impulsos de la brisa, me azotaba las piernas, defendiendo mi maleta, desconfiada de los obsequiosos "camàlics".
Recuerdo que, en pocos minutos, me quedé sola en la gran acera, porque la gente corría a coger los escasos taxis o luchaba por arracimarse en el tranvía. 
Carmen Laforet: Nada, cap.I. Inicio de la novela.

1. Resumen del texto

Lectura comprensiva. Texto Delibes 2



Lo blanco, Mario, por si no lo sabes, es símbolo de virginidad, para que te enteres, que, hoy por hoy, llevar al altar a una mujer vestida de calle es como pregonar a los cuatro vientos "aquí me desposo en segundas, o con una cualquiera", que yo al fin y al cabo, pues mira, no soy ni más ni menos por eso, pero después de lo pasado, a mamá la hubiese gustado que la gente pensase: "Ahí viene una virgencita", pues porque sí, Mario, porque somos humanos, por todo, porque para una mujer la pureza es la prenda más preciada y nunca está de más proclamarlo, que te guste o no, eso siempre será un ejemplo para la gente baja, que, no es porque yo lo diga, pero en este punto anda cada vez más relajada. Y así, de calle, como un día cualquiera, que a saber qué pensarían, y además sin motivo, que es lo que más rabia me da, que yo no sé si tú ten drías algo que ocultar, hijo, pero lo que es yo podía entrar en la iglesia con la cabeza bien alta por si te interesa saberlo. Te digo mi verdad, pero yo que los del Concilio, en vez de andar todo el día de Dios revolviendo con que si las píldoras esas, ya ves, a buena hora, cuando una está toda deformada cargada de hijos, que tampoco es justo, me parece a mí, porque o todas o ninguna, que ahora va a resultar que la parejita, como esas extranjerotas, es lo decente, pues en lugar de eso, Mario, definirme, el traje, así como cuena, pero radical, como un uniforme, para todas, y la que no sea digna de llevarlo tampoco es digna de contraer matrimonio en el arroyo, que si antes anduvo en él no sé por qué luego le va a hacer ascos. Un poquito de intransigencia, eso, eso eso es lo que nos está haciendo falta, convéncete, que si no va a llegar el día en que la mujer honesta no se diferencie de la perdida, ya la oyes a Valen, ahora, en Madrid, todas las mujeres de la calle arregladas como nosotras, nada de exageraciones, tú dirás, que yo que el gobierno, un decreto, así, como te lo digo, que no sé a santo de qué ahora todo se vuelve a proteger a los patanes, los protestantes y las fulanas, y mientras,las mujeres honradas que nos muramos. Claro que si me lo dices a tiempo, hijo, ¡a buena hora! Pero no, tres meses antes, después de lapedida, por si acaso, cuando una no puede dar marcha atrás. "La boda es un sacramento, no una fiesta". ¡Bendito sea Dios!, y te quedaste tanfresco, como de costumbre, a ver, te saliste con la tuya, que me gustaría que hubieras visto a mamá, la pobre, venga pucheros, que, después de lo de Julia, esto, para ella, la puntilla.
Miguel Delibes: Cinco horas con Mario, cap. XVII.

1. Resumen del texto

Lectura comprensiva. Texto Delibes 1



A Daniel, el Mochuelo, le duró el nombre lo que la primera infancia. Ya en la escuela dejó de llamarse Daniel, como don Moisés, el maestro, dejó de llamarse Moisés a poco de llegar al pueblo.
Don Moisés, el maestro, era hombre alto, desmedrado y nervioso. Algo así como un esqueleto recubierto de piel. Habitualmente torcía media boca como si intentase morderse el lóbulo de la oreja. La molicie o el contento le hacían acentuar la mueca de tal manera que la boca se le rasgaba hasta la patilla, que se afeitaba muy abajo. Era una cosa rara aquel hombre, y a Daniel, el Mochuelo, le asustó y le interesó desde el primer día de conocerle. Le llamaba Peón, como oía que le llamaban los demás chicos, sin saber por qué. El día que le explicaron que le bautizó el juez así en atención a que don Moisés avanzaba de frente y comía de lado, Daniel, el Mochuelo, se dijo que bueno, pero continuó sin entenderlo y llamándole Peón un poco a tontas y a locas.
Por lo que a Daniel, el Mochuelo, concernía, es verdad que era curioso y todo cuanto le rodeaba lo encontraba nuevo y digno de consideración. La escuela, como es natural, le llamó la atención más que otras cosas, y más que la escuela en sí, el Peón, el maestro, y su boca inquieta e incansable y sus negras y espesas patillas de bandolero.
Germán, el hijo del zapatero, fue quien primero reparó en su modo de mirar las cosas.Un modo de mirar las cosas atento,concienzudo e insaciable.
Y con Mochuelo se quedó, pese a su padre y pese al profeta Daniel y pese a los diez leones encerrados con él en una jaula y pese al poder hipnótico de los ojos del profeta. La mirada de Daniel, el Mochuelo, por encima de los deseos de su padre, el quesero, no servía siquiera para apaciguar a una jauría de chiquillos. Daniel se quedó para usos domésticos. Fuera de casa sólo se le llamaba Mochuelo.
                    Miguel Delibes: El camino, cap.IV
1. Resumen del texto.

Lectura comprensiva. Texto Aldecoa 3




Pero Olaja pasaba los túneles: El Barro, el del Lobo Viejo, el de la Moza, el Tunelillo, y transmitía a las manos de Higinio sobre las palancas la serenidad de su fuerza encarrilada.
Los valles estaban cubiertos de niebla. A medida que ascendían, al contemplar las cimas de las montañas, las nubes se le hacían más rápidas en su marcha. El cielo estaba claro, de un azul grisáceo, tenue y frío. las nubes pasaban altas; en las crestas de los montes se deshacían a veces, alargándose en coletas. las peñas, blancas al sol de verano, estaban como ensuciadas por la humedad. El verde, hasta la niebla de los valles, oscurecido.
-Va a nevar pronto -dijo Mendaña.
-¿Cómo lo sabes?
-El cielo está de cristal. Cuando se pone así, ya se sabe, nieve segura.
En uno de los túneles había obreros trabajando. Gritaban al paso de la máquina. Sostenían sus faroles a la altura de la cabeza. Mendaña les hacía gestos deshonestos y se reía a carcajadas.
Higinio disminuyó la velocidad de Olaja. Unos metros delante de la máquina, un hombre balanceaba un farol rojo. Higinio frenó.
-¿Qué pasa ahora? -preguntó Mendaña.
-La vía. La habrán levantado. ¡Quién sabe!
El hombre del farol rojo se acercó.
-Tenéis volver atrás, hasta el apeadero. Estamos cambiando las traviesas. Cosa de una hora. la vía está levantada.
-Bueno. La organización es perfecta. En el apeadero nos dan la salida y ahora a volver atrás...
                Ignacio Aldecoa: Santa Olaja de acero.
1. Resumen del texto.

Lectura comprensiva. Texto Aldecoa 2



Comenzaban los primeros túneles de la montaña. Cada uno tenía su nombre. Mendaña los iba nombrando a medida que iban entrando en ellos.
-El Barro... El del Lobo Viejo... El de la Moza...
Higinio estaba atento a la Marcha de Olaja.
-Las traviesas están medio podridas. Un día nos vamos monte abajo con todo el percal.
El humo en los túneles los aislaba, los envolvía, Higinio distinguía la tos bronca, de perro atragantado, de su compañero.
-¡Uf! El caño de respirar se me va a caer al balastro -decía Mendaña, y escupía prolijamente, con los ojos cargados de lágrimas-. Estoy tan sucio por dentro como por fuera.
Al entrar en un túnel se sentía como si toda la masa del convoy se achicase, y, ya dentro de él parecía como si a la primera sensación de compresión sucediese otra de extensión y el túnel fuera a romperse ante la fuerza expansiva del tren. El ruido, el humo, la oscuridad, motivaban el juego de las sensaciones. A la salida, Olaja corría libre y hasta más alegre. Entrar en un túnel era entrar en una tormenta, en un negro nubarrón cargado de ruidos meteóricos y sobresalientes, que convertían el paso de unos minutos por él en algo inexplicablemente terrible, hecho de tinieblas, de insólitas coloraciones amarillas y rojas en el humo apelotonado en el puente de la máquina, de furiosos sonidos de hierro y de vapor de fuga.
En los túneles largos habitaba la desazón. la desazón de los rostros fosilizados de todos los viajeros que habían querido distinguir sus paredes con los ojos desmesuradamente abiertos. La desazón de los viajeros ancianos, que imaginaban horribles catástrofes dentro de túneles interminables. Algo intestinal y ciego; tajado del paisaje; el temor repentino de que Olaja, hasta entonces obediente, odía dejar de serlo allí mismo.
                  Ignacio Aldecoa: Santa Olaja de acero.



          1. Resumen del texto